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viernes, 4 de noviembre de 2011

La calle de los gatos (1ª parte)

Me ha pasado, hace unos quince minutos, una cosa increíble. Pero antes de contárosla, he de deciros otras cosas...

Estoy días, estoy viviendo con mis padres en la casa que tengo en Tudela.
Antes de llegar a la calle donde se encuentra, hay que pasar por otra de estética muy parecidas.

En ella, al final, se encuentran siempre reunidos algunos gatos. No me extraño al verlos, pero hoy fue especial.

Voy hacia mi casa y paso por ese tramo, me fijo en los gatos que hay y uno de ellos llama mi atención por extrañas razones. Estaba debajo del morro de un coche: era pequeñito y de color blanco y beige.

Me detengo a observarlo detenidamente, desde una distancia prudente, y retomo mi camino, avanzando tranquilamente y sin perder de vista al gato.

Total, que éste también avanza copiando mi dirección. En aquel momento, yo notaba que me seguía.

Vi que el gato estaba mojado (porque en ese momento llovía) que que se sacudía con frecuencia y restregaba su cuerpo suavemente contra las patas de los bancos, las plantas y alguna columna.

Me seguía. Íbamos muy despacio: yo a paso de anciano y él a paso de minino con las patas pequeñas.

Llegamos a la puerta de mi portal y se queda remoloneando. ¿Entra o no? Dejo la puerta abierta y finalmente entra. Saltaba y jugueteaba el solo constantemente, y en ese momento empieza a explorar el portal.

Yo quería subir a mi apartamento, en el tercer piso, pero veía que él me seguía y quería subir conmigo. Yo eso no lo podía permitir, ya que a mis padres no les haría mucha gracia que hubiera metido en casa un gato callejero.

Quería llevarle algo de comida, pero sin que entrara en mi casa. Así que decidí dejarlo allí, en el portal, y subir rápidamente, entrar en casa, coger algo y bajar. Pero el plan no me salió demasiado bien...

Fui a cerrar la puerta del portal para que el gato no se marchara y poder darle el alimento. Pero el gato, desconfiado, echó a correr intentando salir de allí.

En su primer intento, chocó brutalmente contra la cristalera tras pegar un bello y grotesco salto.
En su segundo intento, consiguió salir medio atontado por el golpe, antes de que se llegase a cerrar por completo la puerta.

Se había ido. Y la compañía y la confianza que me dio ese gato no se me iba a olvidar. esta historia me marcó...

¿Qué hice ante aquella situación? ¿Cómo reaccioné? Lo descubriremos en la segunda parte...

2 comentarios:

  1. Espero que el pobre gatito no quedase tan atontado por el golpe, que al salire huyendo lo atrepellara un coche, así que me encantaría qe la historia siguiera: pues salí detrá de él, lo cojí, lo cuidé y ahora estoy luchando contra él porque lo tengo instalado encima del teclado y no me deja escribir....
    saluudos!

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  2. Espera, la historia continúa. Y te aseguro que no hubiera dejado que lo atropellaran!

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